Pitufi entró en la familia como un vendaval, arrasando con todo. Ahora que es algo más mayor y está más calmada, querÃa empezar a cambiar algunas cosas que no soportaron bien su llegada, como es el sofá del comedor. Tener un perro en casa implica millones de lavados de fundas del sofá, porque aunque no quieras, se sube y hace de las suyas. Por ejemplo, Pitufi vuelve de la calle con las patitas de arena o barro del parque, y lo primero que hace es ponerse cómoda en el sofá, y aunque lo tenga cubierto con una funda protectora, no hay más remedio que hacer millones de lavadoras para tenerlo en un estado más o menos aceptable, libre de manchas y de pelos.
Asà que habÃa pensado en cambiar la tapicerÃa del sofá por una que tolerara mejor las manchas y se limpiara de pelos más fácilmente, y aprovechar para cambiar uno de los cojines que estaba mordisqueado y en un estado lamentable.
Como a estas alturas cualquier persona de mi generación y poder adquisitivo harÃa (o eso creÃa yo), me dirijo al oráculo de Google y consulto tapiceros en mi ciudad (en mi ciudad, ¡pero qué bien suena eso!). Me salen 34. No está mal para un negocio que pensaba que estarÃa ya en vÃas de extinción… De esos 34, descarto uno que se dedica a tapicerÃas de coche, uno que es de suministros, y otro que no trabaja para particulares. Me quedan 31. De esos 31, solo consigo contactar 3: el resto o tienen el teléfono incorrecto, o comunican, o no contestan. Pues qué bien.
De los 3 que consigo contactar, quedo con 2 para el viernes y con el otro para el martes para que vengan a tomar medidas y hacerme un presupuesto. Uno de los del viernes, me cambia la hora de la cita 3 veces. El segundo directamente no se presenta y tampoco llama.
El que sà se presenta, es un señor de 64 años que se jubila el año que viene. Juega un rato con Pitufi, toma medidas de todo, me enseña unas muestras de tejidos, me habla de su abuelo fallecido a los 15 dÃas de cumplir los 100 años, me enseña a hacer una pajarita y una rana de papiroflexia y consigue darle un nuevo sentido a la palabra incomodidad. Sospecho que lograr que me envÃe el presupuesto por e-mail va a ser complicado. Me ha llamado esta mañana. Tapizar el sofá de nuevo y cambiar el cojÃn me va a costar 900 € si me hace el trabajo sin IVA. A ver cómo se lo explico, muy señor mÃo:

Como usted comprenderá, va a ser que no. ¡Y encima se me ofende, me suelta un rollo y me pega la bronca!
Luego dicen que hay crisis, pero un cliente busca un profesional (ni siquiera te digo uno bueno, no: uno cualquiera me vale) y de un listado especializado llamando por teléfono el 90% es imposible de contactar (no sé cómo esperan que les lleguen los clientes, ¿paseando por la calle? ¡Anda, mira, ahora que paso por delante de este sótano cutre y mal ventilado, me acuerdo de que tengo que cambiar la tapicerÃa del sofá…!); y de los que sà ha logrado contactar, una tercera parte pasa olÃmpicamente de sus clientes, y otra tercera parte los maltrata. No sé qué pasará con la última tercera parte, pero ya me espero casi cualquier cosa.
No me extraña que este paÃs esté en crisis.