Días para olvidar
Publicado el 16-05-2012 | Etiquetas: ADV, autoescarnio, dinero, genocidio, glamour, idiotas, negocios, trabajo
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Hay algunos días que preferirías que pasaran de largo, esos días en los que todo el universo parece confabulado para joderte a base de bien. Ayer tuve uno de esos días horribles en los que, si no me hubiera levantado de la cama, habríamos salido ganando todos.
Tenía una reunión en la City a las 12, pero a las 8 ya estaba en marcha así que tenía tiempo de sobra. O eso pensaba yo. Desayuné tranquilamente, leí la prensa, me di una ducha, y me puse a plancharme la camisa blanca impecable que me había preparado la noche anterior. Primer tropezón: tenía una arruga de esas que se hacen al sentarte que no salía ni a tiros. 20 minutos insistiendo, rociando la camisa con un vaporizador de agua y sudando a mares, y nada, esa arruga parecía dispuesta a acompañarme allí donde fuera.
Al final conseguí disimularla un poco, me vestí y me atrincheré en el lavabo para maquillarme. Me miré al espejo y ¡¡HORROR!! ¿Eso es mi pelo? ¿Dónde han ido a parar mis maravillosos rizos de recién duchada? A ver si con un poco de espuma conseguimos arreglar este desastre… Y me cae un goterón de espuma en mi camisa blanca impecable y recién planchada. Me cago en la puta, ya no tengo tiempo de ponerme a buscar y a planchar otra. Mojo la punta de una toalla, la rocío con un poco de jabón de manos y froto con energía. Intento secar la zona con el secador de mano rezando a todos los santos cristianos y paganos para que la espuma no deje mancha, pero seguramente me castigarán por mi ateísmo militante y tendré que acabar tirando la camisa.
El anillo de pedida me aprieta un poco, me lo cambio de dedo. Me lavo las manos para quitarme los restos de espuma pegajosa, y el anillo de pedida sale volando. Por suerte no se ha ido por el desagüe, pero le ha faltado un pelo. Lo rescato, lo dejo a salvo sobre el lavabo y trato de devolver los latidos de mi corazón a un ritmo normal. Creo que estoy hiperventilando.
Me lavo los dientes y un trocito de pasta de dientes verde me cae en la camisa. Ahora sí que esto no hay quien lo arregle, pero volvemos a empezar el proceso de nuevo: agua, jabón, toalla, frotar y secar. Para ir sobre seguro, me pongo un pañuelo rojo alrededor del cuello que hace juego con mis uñas, y acabo de maquillarme. Me pinto los labios de rojo intenso: labio superior de un solo trazo certero, labio inferior de un solo trazo patoso, y me salgo de la línea. Pienso: “¡maldita sea, a tu edad ya deberías saber hacer esto bien!”. Intento arreglar el estropicio y acabo pareciendo un cruce entre Drácula y un payaso triste. Vísteme despacio que tengo prisa, que decía mi abuela. Me lavo la cara y empiezo de nuevo.
Cuando acabo con el maquillaje, sorprendentemente sin tirarme nada en la camisa, salgo pitando a ponerme los zapatos, coger el bolso y salir echando chispas. ¿Sandalias marrones de cuña y bolso gris? ¿Con tejanos azul oscuro y camisa blanca? ¿En qué coño estaba pensando anoche? Cojo el bolso rojo, cambio todas las cosas de sitio, y me pongo las sandalias negras de tacón de aguja que llevan conmigo un montón de años, son todoterreno y ya se adaptan a la perfección a mis delicados pies. Una de las tiras está un poco floja, espero que no le dé por romperse precisamente hoy. Ahora sí que estoy perfecta: camisa blanca más o menos bien, tejanos azul oscuro, pañuelo rojo, bolso rojo, uñas y labios rojos, sandalias negras, pedicura perfecta también en rojo. Ahora toca llegar a tiempo a la estación, coger el tren y presentarme en la reunión segura de mí misma. O al menos aparentarlo.
Camino de la estación, algo ocurre. No. ¡No puede ser! ¡¡Se me ha desprendido una de las suelas de las sandalias!! ¡Esto sí que no me lo esperaba! Mierda, mierda y mierda. Un señor me ve y me indica dónde hay una ferretería cerca, solo tengo que comprar cola de zapatero para poder arreglar este desastre. Le doy las gracias, intento caminar como puedo, ¡¡y la otra suela se desprende también!! Hacía meses que no me ponía estas sandalias, las he tenido guardadas en el zapatero de la galería y seguro que de tanto darles el sol se han derretido y han perdido la adherencia. Nota mental: comprobar el resto de zapatos cuando llegue a casa, solo me faltaría ahora tal y como estoy de dinero empezar a tirar zapatos a lo tonto también. Pero ahora céntrate en lo principal: llegar a la ferretería, conseguir la cola mágica y arreglar este desastre como pueda.
Llego a la ferretería caminando como un hombre rana y pido la cola. El buen hombre me recomienda una muy fácil de usar, solo tengo que aplicarla en la suela, esperar 8 o 10 minutos y después pegar las partes y ya está. ¿Esperar 8 o 10 minutos? ¡Imposible! ¡Voy fatal de tiempo! Ya me ha costado la vida llegar hasta la ferretería caminando como un buzo con las aletas, y encima me he desviado del camino a la estación. ¿No me puede dar una cola de contacto, aplicar, pegar y salir corriendo? Me da una que parece Loctite pero es más cara, me abre con unas tijeras el chisme ese horrible de plástico con el que lo envuelven todo ahora, y me saca una silla de la trastienda. Es todo amabilidad. Como solo vale 4 euros y no llevo un duro encima tendré que tirar de tarjeta, así que para ahorrarme otro momento humillante, que ya llevo demasiados para ser tan temprano, le compro también un paquete de pilas y así me aseguro el tiro.
Me siento, me descalzo, intento quitarle el tapón al pegamento de contacto… ¡y no hay forma! Igual es por los nervios, pido ayuda y un hombre que había en la tienda intenta ayudarme también sin éxito. El ferretero lo intenta también y tampoco lo consigue. Así que como no le quedaban más de ese tipo, me da un pegamento de otra marca. Me dice que el que me da nuevo me irá incluso mejor que el anterior, y que me tiene que abonar un euro con cinco céntimos. Estoy tan alterada que paso por alto la cuestionable honradez del tendero, que me había vendido un producto más caro y peor aprovechándose de mi situación y de mi estado de nervios: si este pegamento funciona y puedo arreglar la suela de los zapatos, todo lo demás ya me da igual.
Parece que funciona, le doy las gracias y salgo cagando hostias hasta la estación. Ahora ya voy con el tiempo pegado al culo, un pequeño retraso del tren y llegaré tarde. Se me ha acabado el abono multiviajes, así que intento sacar uno nuevo de la máquina. Meto la tarjeta y noto que va un poco duro, la fuerzo un poquito, ¡y se queda enganchada! Con las uñas recién pintadas no consigo sacar la tarjeta así que pido ayuda. Por suerte había un chico de mantenimiento arreglando los tornos, que muy amablemente me echa un cable. Resulta que estoy tan atacada que he metido la tarjeta antes de seleccionar qué tipo de abono quiero y encima la he forzado, por eso la máquina casi se la come. Esta vez lo hago bien, indico primero que quiero un abono de 10 viajes y 3 zonas, meto la tarjeta y la coge a la primera. Joder, ¿algo más puede salir mal? Puede, mi día solo acaba de empezar.
Bajo las escaleras hasta la vía, ¡y una de la suelas del zapato que acababa de pegar se despega otra vez! Maldita sea mi suerte. Menos mal que en el tubito aún queda un poco de cola, me siento en el andén, me quito la sandalia y otra vez intento pegarla haciendo caso omiso a las miradas inquisitivas a mi alrededor.
Llega el tren. Voy con el tiempo MUY justo pero aún puedo llegar a tiempo. Intento relajarme los tres cuartos de hora de viaje que tengo todavía por delante leyendo algo.
Llego a la City 10 minutos antes de mi cita. Salgo a la superficie, me dirijo a paso rápido hacia el lugar donde habíamos quedado, ¡y la otra suela se vuelve a soltar! ¿Por qué el universo ha decidido ponerme la zancadilla precisamente hoy? Veo un hueco libre en un banco, y un guiri cargado con un mochilón pretende arrebatármelo. Lo siento, amigo, lo mío es una causa de fuerza mayor, tú estás de turismo. Me siento, me quito el zapato, escurro el tubito para sacar hasta la última gota de cola que le queda dentro, pego la suela como puedo y rezo todo lo que sé para que aguante al menos hasta llegar a mi cita, la vuelta a casa ya me da igual, ya me las apañaré, pero al menos llegar a la reunión con un mínimo de dignidad y no como una indigente zarrapastrosa.
Logro llegar al punto de encuentro con la hora justa, y allí no hay nadie. Le mando un mensaje a la persona con la que había quedado (no tengo su teléfono) y suplico que lleve encima algún tipo de teléfono inteligente que le permita recibir e-mails, que lo vea y que me diga algo. Investigo por todo el lugar, y por lo visto ha recibido el mensaje porque le veo salir de entre la multitud y acercarse a mí. A estas alturas estoy ya sudando como una condenada a la silla eléctrica caminando su última milla en el corredor de la muerte. Por favor, que no se vuelva a despegar la suela. Por favor, que no se vuelva a despegar la suela. Por favor, que no se vuelva a despegar la suela.
La reunión va relativamente bien, el proyecto no me entusiasma porque noto que desde la dirección hay muchas carencias que afectan al business plan, ¡pero para eso me quieren a mí! Vale, me apunto. Tampoco es que tenga muchos proyectos para elegir últimamente. Mis sandalias resisten como unas campeonas. El viernes conoceré a su socio y al resto del equipo y acabaremos de cerrar el trato: sueldo, horario, incorporación… esas cosas tan ordinarias, vamos.
Aprovecho que estoy en la City y que las suelas parece que aguantan para intentar cobrar un Google-Cheque por la publi del blog que me llegó hace un par de semanas y aún no he tenido tiempo de cobrar. Es de CitiBank, así que tenía que ir expresamente y por tan poco dinero me daba un poco de palo, pero ya que estoy aquí aprovecho. Es la una y media de la tarde, cierran a las 2, hay 5 personas en la cola delante de mí y 2 detrás, y no hay nadie en el mostrador que atienda a los clientes. Deben ir sobrados.
Cuando por fin se digna a aparecer alguien que atienda, se ventila a los clientes que había delante de mí en un plis plas. Estupendo, dame la pasta de este google-cheque y me las piro yo también en un visto y no visto. Pero me dice que noooooooo, que no me paga porque “no es un cheque de ese banco, es un cheque de Citibank International“. ¿Perdona? ¿Qué milonga me estás contando, chaval? Resultado: que tengo que ingresar ese cheque en mi cuenta de mi banco de siempre. Y para eso tanto follón. Amos, anda. Total, que me quedo sin cobrar el cheque y tendré que ir a mi oficina a ingresarlo. Pues vale, venga, de vuelta a casa.
De camino a casa, ya en el tren, me suena el móvil. Lo cojo y nadie contesta. 20 segundos de “¿hola? ¿Sí? ¿Diga?” y decido colgar esa conversación absurda. Devuelvo la llamada, ya son más de las 2 de la tarde y me salta el contestador: “ha llamado a la empresa con una jefa de recursos humanos comprensiva y buenrollera, nuestro horario de atención es de 9 a 14 horas y de 16 a 20.” Vale, ya sé de dónde me llaman, quizá sean buenas noticias y he pasado la criba. Le mando un mail a la jefa de personal buenrollera diciéndole que probablemente me ha llamado pero no se oía nada, y que volveré a intentar llamarla sobre las 4. No me contesta, pero al cabo de un rato me vuelven a llamar: no he pasado la primera fase, no soy el perfil que buscaban. Ya, seguro que el perfil que buscaban era más del tipo rubia cañón con acento delicioso. En fin, ya me da un poco igual, es solo la guinda del pastel, y como hoy he medio-cerrado una colaboración, ya no me importa tanto lo de ese otro curro en el que me acaban de rechazar. El que tenga ganas de echarme a llorar es solo porque estoy con el síndrome pre-menstrual y los ovarios a punto de estallar, nada más.
Llego a casa, me caliento unos macarrones de los que sobraron de hace un par de días, porque a estas horas y con el día que llevo no me apetece lo más mínimo ponerme a cocinar: con la suerte que tengo hoy, seguro que enciendo el gas y explota. Me siento a la mesa, pongo la tele, me dispongo a ver una serie y un nuevo horror me acecha: uno de los discos duros, el más grande de todos, ¡ha muerto! Casi todo lo que había logrado recopilar por culpa de mi diógenes digital y que aún no he visto se ha ido a tomar por culo en un click.
¡¿Qué más me puede pasar hoy?! Ah, sí, jeje, esta tarde hay reunión de vecinos. Ya es que me da la risa tonta, porque seguro que me encasquetan a mí de presidenta. Pero no, por suerte no es tan grave: solo nos suben la cuota de la comunidad, deciden despedir a la señora de la limpieza, tenemos que fregar la escalera por turnos, y me ponen a caldo porque Pitufi ladra llora aúlla mucho cuando se queda sola. Mi vida es maravillosa. Seguro que si me corto las venas, el cuchillo estará oxidado y en vez de suicidarme acabo cogiendo el tétanos.
True story. Juro por mi vida que no he exagerado ni un poquito nada de lo que me pasó ayer. Soy así de desgraciada sin necesidad de exagerar.
















