Qué me gustan a mí las bodas, todo lujo, glamour y romanticismo. Me apasiona mirar vestidos de novia, y acordarme de la mía, de lo bonita que fue y de lo bien que nos lo pasamos. Con frecuencia le digo a MiCari que me gustaría volverme a casar, pero no dentro de 23 años, no: ahora, dentro de 6 meses, lo necesario para preparar otro bodorrio. Él no está tan convencido, pero yo me lo pasé teta en nuestro día y estoy loca por repetir. A ser posible, con el mismo marido.
Y claro, las bodas de los demás también me gustan, vale que no es lo mismo (especialmente si se te casan tres maripilis el mismo año y en épocas diferentes) pero me gustan las bodas. Me encantan la cara de felicidad de los novios, las invitadas con sus vestidos más fashion, el novio con cara de estar en una nube, la novia por lo general guapísima… Y me encantan los vestidos de novia. Aunque siempre hay excepciones…

El vestido de novia de Thalía sin duda podría ilustrar la definición de “excesivo” en cualquier diccionario.
350 mil dólares es lo que dicen que le ha costado, y en el día más feliz de su vida tuvo que acarrerar un peso de 70 kilos. Este horror fue diseñado por el prestigioso presunto diseñador mexicano Mitzy. Pena de muerte para él, ya. Bueno, o cadena perpetua: aquí somos gente civilizada.
Y conste que yo me casé vestida de princesa, con cola y mantilla incluidas, pero es que no se puede comparar. Bueno, sí, sí se puede, pero mejor os dejo a vosotras esa parte, porque sé que os gusta el despelleje en los comentarios. El vestido con el que yo me casé es este:


Bonito, de princesa, sencillo a la par que glamouroso. No sé si es porque es el que llevé yo en mi boda, pero me parece un trillón de veces más bonito que el de Thalía.
El buen gusto no se compra con dinero.