
Imagen cortesÃa de Ubarboc
Estoy acojonadita viva. MiCari está pendiente de recibir una herencia que, por la información que tenemos (que es escasa), se presupone considerable. Y pensaréis “¡qué buena noticia!“. Pues no. Lo serÃa de no ser por un asuntillo llamado impuesto de sucesiones, y que no me deja dormir desde que me enteré de lo que se nos venÃa encima.
El tema tiene que estar solucionado a principios de año como muy tarde, pero no tenemos ni la menor idea de lo que nos vamos a encontrar, aunque por lo poco que sabemos calculo que es una pequeña fortuna. El bocado que se llevará el Estado, me refiero, no lo que heredemos.
Bueno, pues con parte de lo heredado se paga el impuesto, ¿no? Pues tampoco, porque tal y como está el mercado actualmente, los bienes que componen la herencia son difÃcilmente transformables en dinero, que es el idioma que entiende Hacienda para pagar el impuesto. Que yo por mi parte estarÃa encantada de negociar pagarles con cariño y amor, pero me parece que tampoco les vale. Peseteros asquerosos…
Y, por si fuera poco, para acabar de arreglar mi estado de nervios, no sabremos a ciencia cierta lo que hay hasta prácticamente el último minuto, cuando para poder aceptar la herencia tengamos que buscar el dinero contra reloj hasta debajo de las piedras. Ideal para tranquilizar a cualquiera.
Os aseguro que en este momento prostituirme, vender mis órganos en el mercado negro o hacerme narcotraficante no me parecen en absoluto opciones descabelladas.